Heridas

Julio 27, 2023

Heridas,

Goran Petrovic

No pensaban igual. El Primero acercaba su cara a la del Segundo, extendía sus brazos, lo amenazaba con el índice, como si quisiera sacarle un ojo. No lo hizo, pero como si lo hubiera hecho. Cuando se despidieron, el Segundo podía jurar que en medio de su pupila, muy adentro del globo ocular, sentía el índice del Primero. Le ardía terriblemente.

No pasó mucho tiempo, el Primero progresó, «había madurado», cambió de opinión, por lo que inició el nuevo encuentro con algo que murmuró a modo de disculpa por su comportamiento en la reunión anterior. Solo para volver a insistir en tratar de convencer a su interlocutor acerca de lo que creía en ese momento. El Segundo, de nuevo, estuvo de acuerdo con algunas cosas, con otras no... Al calor de la persuasión, el Primero agarró al Segundo por los dos brazos. Tal vez no era consciente de cuánto lo apretó. No le quebró los brazos, pero como si lo hubiera hecho. Cuando se iban, el Primero le tendió la mano para despedirse amablemente, pero el Segundo, aunque quería, no podía hacerlo, tenía la impresión de que los huesos de sus hombros y brazos estaban rotos. El Primero se fue enojado, ofendido. Al Segundo eso le dolió terriblemente.

Otra vez no pasó mucho tiempo, el Primero se dio cuenta de sus errores anteriores, volvió a cambiar de opinión. Esta vez omitió la disculpa. ¿Para qué andar con preludios? ¿Para qué recordar? ¿Para qué abrir las viejas heridas?

Él también estaba herido: ¿acaso no fue en su último encuentro que el Segundo no quiso despedirse de él? Por eso empezó enseguida a exponer sus nuevos puntos de vista. El Segundo no estuvo de acuerdo con un solo detalle. El Primero le dijo que era irremediablemente terco. Para después, como de broma, de manera amigable, tocarle ligeramente la frente con un dedo doblado. Tal vez no fue su intención, quizás no había medido bien su fuerza, pero al Segundo le pareció que su cabeza se rompía, como si se le abriera la costura del cráneo. Sentía un hormigueo terrible en ese lugar.

Quizás por eso el Primero sonrió torpemente cuando se vieron la siguiente vez. No quería hablar de conflictos previos... aunque, si tuviera que hacerlo, tenía una buena excusa. Entre otras cosas, antes no lo sabía todo con exactitud, por lo que se equivocaba. En el ínterin, recientemente, se había vuelto un hombre nuevo, estaba enterado de todo. No servía de nada que el Segundo expresara sus dudas, por mínimas que fuesen. El Primero aseguraba sus dichos enérgicamente, sacudiendo frente a él, sin cesar, las pruebas contundentes, los recortes de periódico. Cada vez más cerca. Cada vez más cerca, hasta que el Segundo pensó que el Primero le metería esos recortes en la boca. Cosa que no sucedió en realidad, pero él sentía como si aquél le hubiera atiborrado la garganta con ese papel varias veces reciclado que olía a tinta fresca de imprenta, como si lo hubiera empujado hacia abajo hasta taparle la laringe y la tráquea. El Segundo no se sofocó, pero como si lo hubiera hecho. Se sentía muy afligido.

Finalmente, volvieron a verse. Por pura casualidad. Resultó que el Primero se moría de ganas de ver al Segundo. Así se lo dijo. Y sacó un lápiz para apuntar lo que el Segundo había afirmado la vez pasada. Él también había llegado a la misma conclusión, repetía constantemente. Parecía que por fin estaban de acuerdo hasta que el Segundo mencionó de pasada que ahora pensaba distinto respecto de algunas cosas. El Primero quedó desconcertado. Miró al Segundo con indudable desprecio. Regresó el lápiz a su bolsillo interior, pero era como si la afilada punta se hubiese clavado en el pecho del Segundo, directamente en el corazón, rompiéndose incluso. Curiosamente, el Segundo no sentía nada. Y eso era lo más terrible. Esa ausencia del sentimiento ahí donde todo debía serlo.

Traducción de Dubravka Suznjevic

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